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Las ondas en el centeno

Autoría: Abraham Fidel Ortiz Lugo.

Palabras clave

 

Una reseña, especial, del libro “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger

El 8 de diciembre de 1980, frente a la entrada del edificio Dakota, sito en la calle 72 y Central Park, en Manhattan, un hombre que extrae un arma de su gabardina se acerca por la espalda a otro individuo y le dispara cinco veces a bocajarro. Cuatro balas de punta hueca impactan en el cuerpo de su víctima. Acto seguido, el asaltante ensimismado, y en apariencia impasible sin ofrecer resistencia y con una mansedumbre que impacta al propio portero del hotel permite que este le deslice el revólver de las manos, un .38 especial. Entonces se quita la gabardina y la lanza hacia un lado pero antes extrae un libro. Lo siguiente que hace no es huir, sino que se sienta a hojear el texto con relajante serenidad, como si la cosa más natural del mundo, después de un crimen, fuera reflexionar sobre el suceso hundiéndose en la lectura. Por supuesto, el hombre lo hizo para aguardar por la policía, que no tardaría en llegar.

El asesino se llamaba Mark David Chapman. La víctima, John Winston Lennon.

Tres meses después, el 30 de marzo, a la salida del Washington Hilton Hotel, el erotómano Jonh Hinckley Jr, con un revólver Rohm RG-14, le dispara seis veces en tres segundos al presidente Ronald Reagan, este último acababa de impartir una conferencia para hombres de negocios. Varios escoltas y el presidente fueron heridos, pero resultan ilesos del atentado, es decir, no hay que lamentar víctimas mortales. Y Hinckley declara y confiesa, que su intención era llamar la atención de la actriz Jodie Foster, obsesión que arrastraba consigo desde años atrás, después de haberla visto actuar en Taxi Driver, una película de 1976. Asistió a las salas de cine unas 15 ocasiones para ver a la actriz en la pantalla.

Hinckley al igual que Chapman, eran tipos solitarios, reservados, arrojadizos, descastados que se desplazaban por la sociedad sin rumbo fijo, carne fácil de las aprehensiones de cualquier época, alimentando obsesiones que daban cuenta de sus comportamientos; sociedad a la cual consideraban que en algún momento se había virado contra ellos, y los había desheredado, apuntándoles con todas sus municiones. El libro de cabecera de Hinckley, no era otro que El guardián en el centeno. El libro que se sentó a leer Chapman tras asesinar al fundador de los Beatles, era, El guardián en el centeno.

El guardián en el centeno, narra los sucesos en la vida de Holden Caufield, pero sólo cuanto ocurre durante un día. Siendo precisos, durante poco más de 24 horas, que son suficientes para aportarnos el material necesario para comprender la vida de un joven neoyorquino atribulado. Caufield tiene 16 años, y en un momento determinado, lo que ocurre a su alrededor, se convierte en una presión que no soporta y lo arrastra a deambular en busca de una solución que espera, de alguna forma, solucione de un plumazo sus problemas, sobre todo por el detonante, de que había sido expulsado de su escuela preparatoria. No era la primera vez que esto acontecía, así que su fracaso escolar, es el boomerang que intenta golpearlo y enfrentarlo con quienes le rodean. Es una novela escrita desde la perspectiva del joven, su interacción con los otros durante esas pocas horas, en que después de ser expulsado, decide que no regresará a casa y hace el correspondiente balance adolescente de su vida.

El 16 de junio de 1904, James Joyce conoce a su esposa, Nora Barnacle, y años después cuando escribe el Ulyses, inscribe la acción de la novela durante esa jornada. La encasqueta en ese lapso de tiempo tan corto; un homenaje. A pesar de sus mil páginas, la acción se coagula en ese día de 1904 ¿Cómo es posible hacer que una novela que transcurra en tan poco tiempo cause impacto en los lectores? Una solución sería cargarla de acciones importantes, trepidarla para que el lector no respire, al estilo de los policiacos, las aventuras, los thrillers. Lo otro sería, como en estos casos de los que hablamos, concentrar la trama, enriquecerla con la espiritualidad de sus personajes. Porque en definitiva, el objetivo del arte es enaltecer el alma, así que si un autor nos entrega diseccionada la espiritualidad de otro para que podamos vernos reflejados en sus sueños, contradicciones, apetencias, alegrías y enfados, y lo hace con maestría, el resultado puede ser prometedor.

Dentro de esta colada de novelas que se desarrollan en apenas unas pocas horas, se engloba también Bajo el volcán. En ella, Malcolm Lowry, el autor, que fue un alcohólico incurable, mezcla autobiografía con técnicas narrativas de una manera magistral, monólogos y pensamientos superpuestos sin aclaraciones ni transición, y durante una sola jornada, el Día de los Muertos de 1938 describe los avatares del ex-cónsul de Inglaterra en México por la ciudad de Cuernavaca, un personaje ficticio por supuesto, pero con puntos en común con el propio Lowry. La esposa del ex-diplomático decide ir a verlo para rescatar así su matrimonio, creyendo que Geofrey Firmin, el ex-cónsul puede ser salvado, y por consiguiente su relación, pero de la mañana a la noche, comprende que el deterioro del esposo, es irreversible, en pocas horas consume una cantidad de mezcal y otras bebidas que milagrosamente no lo matan. La novela explora esto, la interioridad de un alcohólico.

Joyce y Lowry, ambos ingleses, abren la tradición para el explosivo boom que tuvo la literatura en años posteriores, fueron ellos, y no muchos más quienes establecieron las pautas de lo que estaba por venir. El empleo del monólogo interior, la corriente de pensamiento, el errático fluir de la conciencia, los sueños, terrenos que habían sido enriquecidos y explorados como nunca antes por la psicología, desde las tesis de Carl Jung hasta el psicoanálisis de Freud. Los hombres se enfrascan primero en una Guerra Mundial, y no conformes, como si la experiencia no fuera suficiente, a los 31 años de terminada una, se hace inevitable la otra. El individuo, los hombres comienzan a cuestionarse el objetivo de la sociedad. Muchos de los soldados, en ambas contiendas bélicas, antes de su inicio, estaban inmersos en la consecución de sus sueños, y después de finalizadas las acciones, se veían segregados, porque su lugar, tanto en los hogares como en las empresa, la vida pública, y en la sociedad en general, había sido reemplazado por los oportunistas, los tipos sin escrúpulos de todos los tiempos, para los cuales los conflictos son fuente de riqueza, no moral pero si material. Además de que estos sobrevivientes retornaban con una desventaja hincándoles el pecho, porque las guerras traumatizan y dejan secuelas psicológicas permanentes, así que volverse a adaptar y sincronizar con las exigencias de la sociedad, se hace muy difícil. Empatizar, en muchos casos, se vuelve una tarea titánica, incluso para aquellos que tenían familias, volver al calor de los hogares, tras el estallido constante de los obuses de la destrucción, significaba una tarea de no pocas millas de altura.

Y entre estos soldados, que sirvieron a su país en semejantes conflagraciones, algunos, habían soñado con ser escritores, historiadores, filólogos, porque se suponía que el hombre había dejado atrás los antiguos retos de conquista y se abría un tiempo nuevo, donde las necesidades serían otras, pero que todas se centraban invariablemente en el individuo, como eje de la sociedad, una tesis que defendieron más de siglo y medio antes los adalides de la ilustración con Voltaire a la cabeza y su apuesta por el humanismo, pero esas ganancias que se merecía el hombre se fueron postergando por la avaricia de siempre, por la imposibilidad de las monarquías de ceder sus espacios o de crear un espacio común para todos los seres humanos. De guerra en guerra, de conquistas en conquistas, de atrocidad en atrocidad, el hombre esperaba un momento para manifestarse. El hombre necesitaba una brecha en la cual aparecer como especialista en su propia existencia, exenta de los dictados de personajes que se creían, por circunstancias particulares, superiores el resto de sus semejantes.

Mientras esto sucedía, la sociedad iba creando una serie de individuos descastados y que poco a poco fueron apareciendo en la literatura. Kafka publicaba en 1915 La Metamorfosis, y sugería, qué podía ocurrir cuando la sociedad era, para el hombre, un campo adverso, un sitio de constantes batallas. El hombre se convertía en un insecto, en un obstáculo sin importancia, útil solo en la medida que contribuía a generar bienes de consumo, eficaz solo para que la maquinaria no se detuviera.

A la segunda de estas grandes guerras del siglo XX se inscribe Jérome David Salinger, en la que se alistó desde abril de 1942 hasta el fin de la contienda. Se especula que le sirvió de refugio para una decepción amorosa, pues su prometida más tarde lo abandonará nada más y nada menos que por Charles Chaplin. Pero volviendo al ruedo. Salinger estuvo implicado en el conflicto con una profundidad que pocos llegarían a comprender, como agente de inteligencia. Supo de primera mano lo que las guerras hacen a los hombres, y más aún cuáles intereses se mueven detrás de la tramoya y el escenario. Y en sus escritos tras licenciarse, algunos de sus personajes masculinos, no eran otra cosa que el alter ego de chicos que conoció a su lado durante los enfrentamientos. Salinger participó en las batallas del bosque de Hürten y la de las Ardenas, dos de las más feroces para los batallones del frente occidental. Después de la guerra no vuelve a ser el mismo, el pragmatismo irónico se hace evidente en sus relatos. Sus personajes, son áridos, y conflictivos e inadaptados, a los cuales el roce con la sociedad, les supone un ejercicio de voluntad muy doloroso. Para Seymour, el protagonista de Un día perfecto para el pez plátano, el pesimismo es su bandera, ya no cree en la sociedad ni en los hombres. Seymour, como Salinger, había combatido en la guerra, y a pesar de que su trauma no parece ir más allá de una leve alteración de la cual, incluso su novia creía que se repondría, al final del relato, sin que haya un detonante lo suficientemente poderoso o perturbador, después de haber nadado apaciblemente en una playa, junto a una niña que andaba por allí por la arena y era cliente del hotel donde se hospedaban, cuando sube hasta su habitación, abre la gaveta, extrae una pistola y se pega un tiro.

Mark David Chapman, el asesino de Lennon, le había pedido al músico, durante una de sus salidas ese día del hotel, que le firmara un autógrafo sobre una copia de su disco Double Fantasy y el músico lo hizo con afabilidad, y luego le preguntó ¿Es todo lo que deseas? Chapman asintió sin mucho entusiasmo. Podría estar turbado, pero no más allá que cualquiera. En fin, que era un joven que no llamaba la atención. Otros cuentos de Salinger se convierten en portavoces de personajes o hechos que de alguna forma están marcados por la guerra, tal es el caso de Para Esmé con amor y sordidez. Su escritura es sencilla, pero dotada de una sensibilidad que se esmera en los detalles contrapuestos de las historias que va contando. Y sus personajes, son estos elementos que ya se van preparando para la poética que más tarde recogería Andy Warhol, donde la sencillez es fundamental en una sociedad que no tiene mucho tiempo para detenerse a pensar en lo humano, sino en lo utilitario.

En la película Wall Street, el personaje de Gordon Gekko, da un discurso -quizá algunas de sus frases fueron semejantes a las que dijo Reagan el 30 de marzo de 1981- sobre lo importante que es la avaricia para el capitalismo, y termina vaticinando como el gurú de los negocios que era, No hay nada malo en cuanto a la codicia. Yo quiero que ustedes sepan esto. Yo creo que la codicia es sana. Se puede ser codicioso y aun así estar bien con uno mismo. Será la avaricia el sentimiento que salve a esta gran nación que es los Estados Unidos de Norteamérica. Por supuesto, en el filme, aunque se trata de un juicio por prácticas irregulares en su comportamiento en la Bolsa, el público se desborda en aplausos. Pero mientras la avaricia evoluciona y se acomoda en la sociedad, se lleva por delante a muchos individuos, sobre todo a los que de alguna manera creen en los valores éticos. Los arrastra primero y luego los orilla, lanzándolos a las cunetas, a rodar por los caminos de la nación, a detenerse a pernoctar en lugares cutres y de mala muerte, intentando con denuedo encontrar un sitio donde encajar. Descastados que fueron desplazados por primera vez durante el crack del 29, y que se vieron obligados a zurcir sus estómagos y de paso la nación con trabajos miserables. Pero alrededor de este peregrinaje, se creó una poética, que no llegó a madurar como se esperaba, y desembocara en un cambio social que mejorara no tanto la vida, sino el sentido del humanismo de la sociedad norteamericana. (Un sentido que insinuó John Fitgerald Kennedy en su discurso del 26 de octubre de 1963, tan sugerente y por eso mismo radical que en él surgieron los gérmenes de la razón de su asesinato un mes después, el 22 de noviembre). Ese humanismo fue ahogado y perseguido varias veces, en purgas como la que hizo el Senador Joseph McCarthy. Una poética que quizá empezó con la novela Las uvas de la ira, de Steinbeck y que fue madurando y aligerándose. Un humanismo que estalló muchos años más tarde en las protestas de los jóvenes contra la guerra de Viet-Nam y la revolución sexual de los años 70, pero que de todas maneras, una vez más fue vencida y aplastada, porque la avaricia ya era un dogma, la razón de ser de una nación que se fue tragando todo lo que vio y aconteció a su paso y constituyera obstáculo para cumplir sus objetivos, sea cuales fueran. La guerra de Viet-Nam arrojó un saldo de más de 2 millones de muertos para el país asiático, sin contar las secuelas que dejó el experimento con armas de todo tipo.

Y a la vuelta de estas contiendas, las externas y las internas, los jóvenes eran especialmente sensibles a los cambios acelerados que la sociedad iba dando. La agilidad que iba adquiriendo no sólo por los aportes de las ciencias sociales, y naturales, sino además por la vertiginosa voracidad de las decisiones políticas y económicas, como aquella de abandonar el patrón oro en los tratados de Breton Woods, que supuso, la mayor estafa en la historia de la humanidad, y la que aceptaron todos los líderes políticos. Ya el dinero no estaba avalado por un fondo, sino que podía imprimirse sin control, con las consiguientes inflaciones y especulación atroz del capital que se iba llevando por delante los escrúpulos de la época.

 Para estos jóvenes que la sociedad iba desdeñando, ya sea por unas causas u otras, desechos de guerra o de las políticas internas o adictos a las drogas, la literatura fue acomodando nuevos espacios, nuevas voces que iban nutriendo su espiritualidad, y en 1951 aparece, El guardián en el centeno. Un joven inconforme, decide abandonarlo todo, mientras va haciendo un balance de su vida. Es un tema que hoy en día parece recurrente porque casi todos los que hoy son jóvenes y los que lo fueron atraviesan por una fase semejante, en la cual creemos que todo cuanto nos rodeaba, de alguna manera conspira en contra nuestra. Porque la sociedad es lenta y sedentaria como una lava. Los jóvenes son rápidos, explosivos como una bala.

 De esta misma camada, pero por un camino distinto se entronca la generación de algunos escritores de los años 50 que se dieron a llamar Generación Beat, para muchos de los cuales, este libro de Salinger, era no menos que una Santa Biblia. No pocos jóvenes emprendían el camino de recorrer las rutas de las costas este y oeste de Estados Unidos, con dicho volumen bajo el brazo, y en miles de casos, como único equipaje. Leyendo las pocas horas de la historia de Holden y pernoctando donde la noche los detuviera. Todos se creían de alguna manera Holden Caulfield, quien apenas publicado el libro, se convirtió en un símbolo, un ícono que escapó a las pretensiones de Salinger, que se vio tan excesivamente abrumado por la publicidad y la fama que le generó esa novela, que no volvió a escribir otra. Fue su única novela. Y él mismo, con los años, se convertiría en un hombre ermitaño y solitario, refugiado en su casa de New Hampshire. Atormentado por la impertinencia de los periodistas, hubo ocasiones que les disparó desde su casa, mientras lo asediaban para conseguir una entrevista. Les disparaba con una escopeta de perdigones.

Escritores de la Generación Beat: Chase, Kerouac, Ginsberg y Borroughs

Salinger escribió también una serie de novelas cortas, pero que más bien, no solo por la extensión sino por la intensidad de sus historias, encajan en el género del relato. Después de participar en la II Guerra Mundial, y regalar al público estas pocas horas en la vida de un joven norteamericano, su vida explotó en un mar de admiradores que provenían de todas partes del mundo. Porque a pesar de que la novela tardó en ser aceptada por los padres, los hijos de todas partes del mundo se la pasaban y leían en inglés original. Algunos la forraban con una portada de la Biblia, y la leían en las iglesias aparentando que rezaban. En España, por ejemplo, no fue traducida hasta 1978, mucho después que la novela constituyera por sí sola, un fenómeno cultural. Los padres, siempre los padres, creían que el discurso, la ligereza y la vulgaridad del lenguaje de Holden, era demasiado atractivo para sus hijos. Un lenguaje por cierto que luego se hizo común, en películas tales como, Asesinos Natos. Un lenguaje que el cine no tardó en asumir como parte de su poética. Lleno de tacos y deferencias hacia lo que no se comprende o no se desea comprender.

Durante la turbación de Holden, este comprendió que su éxodo, su auto-exilio pasaba por un hecho profundamente doloroso, y es que debía dejar atrás a su hermana, a la que adora. Entonces decide ir a visitarla, y le cuenta lo acontecido. Phoebe, la hermana, como muchas hermanas menores, aparenta una madurez que lo supera, y lo reprende. Le cuenta Holden, que tras la navidad no podrá volver a la escuela, ha sido expulsado por pelearse con un condiscípulo. Phoebe lo acusa de ser un chico que no le agradan las cosas, y por eso no cabe en ningún sitio, le dice que es él el culpable de que le cueste congeniar allí a donde quiera que se inscribe. Ella le pregunta qué hará, qué será de su vida. Entonces Holden le cuenta sus planes tomando como muestra un sueño recurrente que lo asedia. Sueña con un campo de centeno al borde de un precipicio. En el campo de centeno, juegan los niños. Y en vez de un espantapájaros, él será el guardián que evite que los niños caigan al precipicio. Este sueño, esta ocupación que le cuenta Holden a su hermana que será a lo que se dedicará, es una doble metáfora con la propia historia. Ese abismo, es el abismo que ronda la vida, a los jóvenes, a todo ser humano; pero en la vida real, ese guardián muchas veces falla, se duerme, no existe o ha sido corrompido. Ese guardián dormido fue el que llegó tarde para comunicar a Romeo que el envenenamiento de Julieta, era una farsa.

Holden no se da cuenta de su propio abismo, no sabe cómo cuidar de no caer en su abismo, pero se aventura en poder confiar su pericia en el cuidado de la caída de otros. Ese abismo que pueden ser la inadaptación, las drogas, la violencia, incluso la avaricia, la falta de sueños, un hogar desestructurado, una sociedad ilógica, una ruptura amorosa, una enfermedad, un accidente, el acoso por parte de quienes nos rodean, las expectativas que nos imponen, los límites que nos imponen, las creencias que nos imponen. Y el centeno, que es la imposibilidad de predecir cuán cerca estamos de caer, de cometer un error, de dejarnos arrastrar hacia una actitud indecente, de perder las motivaciones, de quedar a merced de un criminal o de un indolente, de un personaje sin escrúpulos, que no le importe hacernos daño para lograr sus objetivos.

Holden quiere ser ese guardián. Y tal vez ese sueño era un aviso que no supo interpretar. Era el oráculo de la conciencia lanzando señales de humo, luces de neón con destellos de alarma. Pero Holden quiere ser guardián cuando ya se halla cayendo en el abismo. Una contradicción porque mientras vamos cayendo, es imposible agarrarte a algo. En caída libre, la gravedad es el único rector, el único timón, la única verdad, y por tanto, no puedes conciliar ni auxiliar la verdad de otros, la caída de otros. En el abismo, ya en el abismo, caer solo sirve para agarrarnos a otros y obligarlos a acompañarnos. A no ser que nos contentemos con continuar el descenso y gritar nuestros consejos desde el barranco y rezar porque el eco alerte a quienes nos rodean.

El guardián no sirvió para alertar de la Primera Guerra, ni tampoco de la Segunda. Por mucho que gritó, la hierba estaba demasiado alta. Quienes iban cayendo ayudaron a otros no a permanecer jugando en el centeno, sino a caer. De hecho, a pesar de la madurez y los consejos Phoebe, cuando Holden decide huir y tiene el detalle de ponerla en sobre aviso, esta se presenta con una maleta, dispuesta a correr su misma suerte, porque el abismo, algunas veces, es demasiado tentador, demasiado sugerente y hasta colorido, tal como lo es el infierno, o pasarse horas perdiendo el tiempo en una discoteca. Holden le dice que no pueden viajar juntos y la hermana se enfada. Entonces para apaciguar su berrinche decide sosegarla en el zoológico. Después de varias vueltas la monta en el carrusel, y emprende definitivamente la marcha, pero cuando la miró allí en el carrusel, sintió un sesgo de felicidad. Por primera vez la turbación lo abandonó. Quizá comprender la felicidad de ese momento, le hizo comprender cuan descastado era, cuanto le era ajeno aquella inocencia de la hermana, que cedió su decisión de acompañarle, por el movimiento crónico y periódico de la ruleta de animales artificiales. Esa rueda, ese tío vivo, con gente cabalgando en un ciclo sin fin, era la sociedad. Era el esperpento en apariencia alegre del que pretendía apartarse.

Y en poco más de un día, Holden se convierte, sencillamente, emanado de una sencillez dolorosa, en un símbolo individual que observado a través de una lente convergente, funcionaba como una alegoría de toda la sociedad. Su éxodo serviría de paragón, justificaba el éxodo de otros jóvenes, que no veían la hora de abandonar a sus padres, de renunciar a las obligaciones que de la sociedad habían heredado, para aventurarse a explorar el mundo. A comprobar si la verdad que hasta ese momento les describían, era cierta. Y muchos de estos jóvenes se aislaron tanto, se refugiaron tanto en el centeno -el mismo Salinger lo hizo- que se convirtieron en rehenes de sus propias perturbaciones, como ocurrió casi treinta años después con Mark David Chapman y Jonh Hinckley Jr. Uno le disparó a Lennon, el otro a un presidente.

Jerome David Salinger había lanzado una piedra al, en apariencia impasible lago de la literatura, y sus ondas se fueron esparciendo, intercalándose con el discurso de la sociedad. Trasladando la quimera de la literatura al mundo de las calles, al juicio de los hombres. A su interpretación y consecución de sus actos como el aullido que cinco años después de nacer el guardián lanzaría Allen Ginsberg en el centeno.